El
domingo 1ro de marzo de 2020 se anunció el primer caso de la nueva enfermedad
por coronavirus COVID-19 en la República Dominicana. La misma azotaba desde
finales de 2019 en un brote originado en la ciudad de Wuhan capital de la provincia de Hubei, en la República Popular
China expandiéndose rápidamente por Asia y Europa a inicios del 2020 y siendo
declarada Pandemia por la Organización Mundial de la Salud OMS.
De
lo anterior se extrae que el gobierno dominicano tuvo alrededor de dos meses
para prepararse ante la inminente llegada del Covid-19 al país (debido sobre
todo aunque no exclusivamente a nuestro flujo turístico) con la adquisición de
insumos médicos y equipos sanitarios, preparación de sendas unidades y centros
de aislamientos, kits de pruebas de detección y la elaboración de un plan o
protocolo de acción y de contingencia
sanitaria, económica y productiva que asegurara un abordaje frontal y abarcador
a la emergencia sanitaria que estaba en ciernes. Como es sabido eso no ocurrió.
Si
bien el Presidente Danilo Medina nombró una comisión presidida por Gustavo Montalvo, el
ministro de la presidencia el 12 de marzo y se creó una unidad de aislamiento
preventivo a finales de enero en el hospital docente Ramón de Lara, el talón de
Aquiles estuvo en la adquisición oportuna de equipos de protección sanitaria
para el personal médico y la preparación adecuada de los centros de salud en el
interior del país. Esto produjo que una vez llegase la pandemia al país y
empezara a circular por el territorio de la república, las falencias que tuvo
el plan de contención del gobierno empezara a manifestarse en improvisaciones,
acciones desacertadas, politización del asunto y marcha atrás en algunos casos
a decisiones tomadas.
El
desborde de pacientes en la región noreste del país, con la intervención obligada
de San Francisco de Macorís, revelo la inexistencia de centros de salud
previamente preparados, las denuncias del personal sanitario de ausencia de
equipos de protección y de exiguo personal laborando, las irregularidades en
licitaciones realizadas al amparo de los beneméritos decretos de emergencia
dictados por el presidente y la actuación en solitario del gobierno en el manejo
de una crisis que conllevaba un esfuerzo de unidad nacional de todos los
sectores comprometidos evidenciaron desde los primeros días de abril cuando se recrudeció
el comportamiento de la enfermedad un manejo torpe, sectario, indolente y con interés
avezado de sacar rédito político por parte del estado nacional.
Es
el panorama planteado antes (que ha seguido con escasos ajuste sobre la marcha)
unido a la escasa proporción de la aplicación de pruebas del covid que nos hace
cuestionarnos sobre el comportamiento “no tan devastador” de la enfermedad en
el país aun cuando en poca proporción (sino ninguna) dicho comportamiento pueda
ser atribuido a un eficiente manejo y a planes de acción detallados y científicamente
fundamentados.
Solo
la misericordia infinita del creador de los hombres, a cuyo corazón parece
serle afecta esta lejana tierra ubicada en el mismo trayecto del sol por la
dispensa histórica con que nos ha excusado de padecer lo que otros territorios
han padecido pudiera explicar la “suerte” dominicana en esta lucha global.
Nuestra señora de la Altagracia serena dama a cuyo nombre recurre en amparo la
voz del dominicano común y a quien se le endilga la máxima protección de estos
lares parece en efecto haber comprendido la soberana torpeza de quienes
administran la cosa pública y por ende lideran la lucha del coronavirus y en un
gesto más de su benigno protectorado tuvo a bien interceder para atenuar la
hecatombe. Indudablemente ante la
inexistencia de un sistema sanitario fuerte y funcional y de un gobierno receptivo
y comprometido solo la intervención celestial nos explica que la cosa no haya
ido a peor en esta digna república caribeña, otrora cuna colonial de los
derechos humanos que hoy se los niega a buena parte de su población que ven con
ojos desorbitados como la división social excluyente persiste y se ensancha en tiempos de crisis y
cual dijera Isabel Parra debe pensar en la otra vida al no tener en esta
ninguna esperanza. Pero mientras el hacha va y viene y otros países empiezan a
relajar medidas y a entrar por fases en un proceso de desescalada del
confinamiento, la única fase probable que vivamos sea la altagraciana, recogida
en aquella célebre frase, expresión máxima del pensamiento mágico religioso de
este sufrido pueblo “En manos de tatica la de higuey estamos”.
En
efecto así parece, que no se ponga el gobierno la medalla del buen manejo de la
crisis sino que en un ejercicio de penitencia tardío q se la deje al buen Dios, supremo patrón de los
hombres, que ama tanto esta tierra que duerme en jarabacoa y desde allí parece
observar el panorama nacional y contribuir junto a los auspicios sagrados de la
virgen de la Altagracia a hacer más
ligero el pesaroso caminar del pueblo que habita estas pardas tierras a la
deriva del piélago, a las que llego un día
maldito el almirante de la mar oceana.

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